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Transgénero en la literatura: ficción, diversidad y discriminación


Transgénero en la literatura: ficción, diversidad y discriminación.




¿Existe una literatura transgénero?

Por supuesto que sí, y no solo eso; la literatura transgénero incluso llegó a anticipar las cirugías de reasignación de sexo, procedimiento que permite que una persona asuma las características físicas del sexo opuesto, en términos biológicos, pero propios a nivel psíquico, emocional y espiritual.

Si bien es cierto que el transgénero existe en la literatura desde hace mucho tiempo, los parámetros que lo contienen fueron cambiando; desde el rechazo inicial a la aceptación, desde la inquietud, la curiosidad y el temor a la comprensión; nunca a la tolerancia, término inadecuado para referirse a las diferencias con otro ser humano.

Por razones que quizá nada tienen que ver con una actitud de aceptación filosófica y social de las personas trans, la literatura exploró esta posibilidad desde finales del siglo XIX, desde luego, como una variante del género de terror. Uno de los ejemplos primarios se encuentra en la novela de H.G. Wells: La isla del doctor Moreau (The Island of Dr Moreau, 1896).

Posteriormente, en 1904, se estableció un caso paradigmático de personas transgénero en la literatura que suele pasar desapercibido. Hablamos del argumento de la historia de L. Frank Baum. La maravillosa tierra de Oz (The Marvelous Land of Oz), donde se revela que la princesa Ozma, habiendo sido convertida mágicamente en un muchacho cuando era pequeña, no alberga recuerdos de su infancia.

La transgresora historia de Oz fue escrita en clave infantil, pero eso no evitó que transitara por un territorio peligroso para cualquier autor de la época que deseara que sus libros fueran comercializados; y explica porque L. Frank Baum se convirtió en uno de los escritores más antipopulares entre los académicos de su tiempo.

Mucho menos precavido, y quizás menos interesado en preservar su reputación, Gregory Casparian publicó en 1906 una historia titulada: Romance y pronóstico del futuro (Romance and Forecast of the Future), donde una pareja de lesbianas sufre en carne viva la más salvaje discriminación, hasta que una de ellas, desesperada, se somete a una operación de cambio de sexo.

Es importante señalar que existen ejemplos anteriores de personas trans en la literatura, sin embargo, estas apariciones rara vez se apoyan en la ciencia, sino más bien en la magia; siendo las personas transgénero sujetos de transformaciones físicas que ocultan un castigo.

De hecho, podemos pensar que uno de los elementos más raros en el género fantástico es que una persona trans realmente cambie su origen. En general, el cambio solo ocurre a nivel físico, pero la verdadera identidad de género permanece inalterable; lo cual suele conducir a la alienación.

Esto se observa en el cuento de Isidor Schneider: Doctor Tránsito (Doctor Transit, 1925), donde la transición de género conduce directamente a la locura. Esto no impide, sin embargo, que el protagonista masculino se sienta completamente feliz con su nueva vida como mujer, aún cuando el cambio no fuese realizado de manera voluntaria.

Otro caso interesante se observa en la historia de André Couvreur: El andrógino (L'Androgyne, 1922), donde de hecho se describe por primera vez los detalles de una operación de cambio de sexo, aunque en términos poco realistas. El narrador, que ha sido operado sin su consentimiento, experimenta su transformación en mujer de forma muy placentera, disfrutando sus cambios físicos, fisiológicos, e incluso psíquicos, aprendiendo a pensar y a sentir como mujer.

Los primeros ejemplos literarios de personas transgénero persiguen un recalcitrante objetivo moral; más adelante, sin embargo, surgieron obras donde este tema se utilizó como un subproducto del horror preternatural que Ovidio representa de forma genial en las Metamorfosis.

En este contexto de amplia desaprobación, un homófobo declarado como H.P. Lovecraft (a quien también queremos y admiramos sinceramente) empleó la noción del transgénero en el relato pulp: El ser en el umbral (The Thing on the Doorstep, 1937, Weird Tales).

Más allá de este relato en concreto, la misoginia de H.P. Lovecraft a menudo engendra el más puro feminismo, antítesis que algunos explican de acuerdo a la crianza inusual del autor; recordemos que Lovecraft era vestido de niña en su infancia.

Pero estas historias no tienen nada que ver con la aceptación de las personas transgénero; por el contrario, utilizan este tópico como un destemplado ejercicio del rechazo, el temor y la discriminación; sin embargo, muchos de esos relatos coquetean inconscientemente con la idea de que la bisexualidad es un rasgo en común en todos los seres humanos.

Un ejemplo clásico es la novela de Robert A Heinlein: No temeré a ningún mal (I Will Fear No Evil, 1970). Allí, un anciano rico y egocéntrico intenta salvarse de la muerte implantando su consciencia en el cerebro de su joven y hermosa secretaria. Heinlein utiliza este recurso y descubre, en el curso de la novela, que este anciano tétrico aprovecha la ocasión para descubrir e incluso disfrutar una fantasía oculta durante años: vivir como una mujer.

A propósito de este autor, en la novela: La luna es una cruel amante (The Moon Is a Harsh Mistress, 1966), Heinlein explora la inteligencia artificial a través de una computadora que se muestra incapaz de diferenciar los conceptos de lo femenino y lo masculino por fuera de lo estrictamente verbal; demostrando así que una inteligencia superior no valoraría las diferencias de género por encima de sus similitudes.

Menos filosófico, en la novela de Roland Puccetti: La muerte del Fuhrer (The Death of the Fuhrer, 1972), presenciamos cómo el cerebro de Adolf Hitler es trasplantado al cuerpo de una mujer joven y sexy, generando uno de los más extraños ejemplos de personas trans en la ciencia ficción.

En los casos anteriores, las personas transgénero son ridiculizadas y no surgen de forma espontánea, es decir, como consecuencia de la necesidad de asumir una identidad propia a nivel psíquico y espiritual, pero opuesta en términos biológicos. No obstante, aquí también podemos encontrar ejemplos muy interesantes.

Uno de ellos es la novela de George MacBeth: La transformación (The Transformation, 1975), donde el protagonista masculino literalmente se convierte en la mujer que ama. O en Más allá del rechazo (Beyond Rejection, 1980), de Justin Leiber, que comienza con un hombre que despierta en el cuerpo de una mujer.

Al hablar de personas transgénero es imposible evadir al primer texto en anticipar seriamente esta alternativa, ya sin rastros de humor, rechazo y temor. Nos referimos al clásico de Virginia Woolf: Orlando (Orlando, 1928), donde el/la protagonista ocupa un rol fundacional en términos de entendimiento y aceptación de las personas con elecciones de vida distintas a las de la mayoría.

En la segunda mitad del siglo XX, las personas transgénero comenzaron a introducirse en la literatura de forma mucho más realista y humana, casi siempre, de la mano de autoras resueltamente feministas. El caso más notable de todos es la novela de Úrsula K. Le Guin: La mano izquierda de la oscuridad (The Left Hand of Darkness, 1969)

Se trata de una novela acerca de la identidad de género, quizá, la mejor de todas. Úrsula K. Le Guin narra la historia de un terrícola que llega al planeta Invierno, una colonia cuyos habitantes son andróginos durante buena parte del tiempo, aunque también pueden cambiar biológicamente de sexo. De este modo, experimentan la vida siendo alternativamente hombres, mujeres y neutros, con la posibilidad de ser padres y madres según su preferencia.

Esta es la primera vez en la que una persona transgénero en la literatura experimenta su vida sin estar sometido a un trauma, el cual muchas veces no surge desde el sujeto que cambia de sexo, sino debido a la presión del entorno. En el cuento de Robert Silverberg: Hijo del hombre (Son of Man, 1971), el protagonista viaja en el tiempo hacia el futuro y descubre las infinitas posibilidades de la experiencia humana, entre ellas, el ser mujer; y lo hace con absoluto disfrute de la situación, en parte, porque a nadie le parece extraño.

Otro novela esencial para las personas trans pertenece a Joanna Russ, autora de El hombre hembra (The Female Man, 1975).

Allí, el mundo se divide en dos sociedades, una habitada por solo por hombres la otra por mujeres. Para reproducirse, desde luego, hay intercambios comerciales que permiten coitos controlados por los Estados. No obstante, lo curioso es que todos los hombres deben aprobar un "test de masculinidad". Si fallan, se los cría como mujeres, es decir, como personas transgénero, y se los obliga a vivir en un perpetuo estado de esclavitud.

Más sutil en su abordaje de la diversidad de género, La pasión de la nueva Eva (The Passion of New Eve, 1977), de Ángela Carter, cuenta la historia de un hombre forzado por la ley a someterse a una operación de cambio de sexo y luego enviado a vivir como mujer en una sociedad decrépita.

Las experiencias de esta persona transgénero, la nueva Eva, sometida a toda clase de ultrajes, se contrastan como el estilo de vida de Tristessa St. Ange, quien eventualmente se revela como otra persona trans pero que de hecho disfruta plenamente su vida como mujer.

Para finalizar hay que decir que incluso en las novelas contemporáneas acerca de las personas transgénero existen prejuicios. Sin embargo, los lectores del futuro (esperemos que no tan lejano) asumirán que un personaje trans no se diferencia en absoluto de otras hebras de la tela social.




Taller de literatura. I Libros extraordinarios y lecturas extrañas.


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Escena de un crimen desapasionado


Escena de un crimen desapasionado.




El caso del matrimonio Giustozzi mantuvo en vilo a la opinión pública durante semanas, y no porque se dudara acerca de la caratula del crimen: asesinato seguido de suicidio, sino por la absoluta impericia de las autoridades policiales para hallar un móvil que lo explique.

Los dos cadáveres fueron encontrados dentro del dormitorio, acostados uno junto al otro en la cama. Las pericias determinaron que ella había disparado el arma, un tiro mortal y a corta distancia. Luego se quitó la vida con un balazo en la boca. La puerta del dormitorio estaba cerrada con llave desde adentro.

—Tal como puede ver, profesor Lugano —dijo el comisario—, claramente se trata de la escena de un crimen pasional; sin embargo, no hay señales de lucha. La habitación se encuentra en perfectas condiciones. La puerta cerrada desde adentro, sin ventanas al exterior, nos permite deducir que los cuerpos no fueron movidos por un tercero. Tampoco encontramos ningún motivo clásico, como celos, dinero o infidelidad. Ella lo mató y él se dejó matar, así de simple.

—Estoy en desacuerdo, comisario —dijo el profesor—. Ciertamente no hay señales de lucha, y menos aún de defensa; no obstante, todo lo que puedo observar en esta habitación demuestra que aquí hubo una larga y fuerte discusión.

—¿De qué habla, profesor? —dijo el comisario— El lugar está en impecables condiciones de orden y limpieza. Incluso los dos óbitos se encuentran perfectamente vestidos, perfumados, y con cartas de puño y letra en la que se despiden de sus amigos y familiares. Las pericias determinaron que ambas caligrafías no fueron forzadas. Una discusión que termina a los balazos normalmente deja evidencias.

—Precisamente. La ausencia de esas evidencias prueba que ésa última discusión fue sobre un asunto muy serio, y que ella fue la que mejor argumentó.

—¿Y sobre qué se discutió?

—Nada importante, al menos para su informe policial; simplemente quién sería el asesinado y quién el suicida.




Filosofía del profesor Lugano. I Relatos de detectives.


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Naturom Demonto: el Necronomicón Ex-Mortis de «Evil Dead»


Naturom Demonto: el Necronomicón Ex-Mortis de «Evil Dead».




El Naturom Demonto es un libro prohibido que nació en la película de terror de 1981: The Evil Dead, dirigida por Sam Raimi, que posteriormente se esparció en una franquicia de cuatro capítulos.

La saga gira en torno a este libro maldito, el Naturom Demonto, también llamado Necronomicón Ex-Mortis o Libro de los muertos, básicamente un antiguo texto sumerio que permite controlar a los muertos y toda clase de espíritus diabólicos.

En este contexto, el Naturom Demonto no es otra cosa que un libro de nigromancia, arte detestable que persigue la invocación y el control de los muertos, o mejor dicho, de los cadáveres ausentes de alma y voluntad propia.

Este libro proscrito está emparentado con el Necronomicón de H.P. Lovecraft, mencionado brevemente en el relato pulp de 1924: El sabueso (The Hound), y luego protagonizando historias mucho más elaboradas de los Mitos de Cthulhu; como El morador de las tinieblas (The Haunter Of The Dark) y La sombra fuera del tiempo (The Shadow Out Of Time).

En este contexto, el Necronomicón es el vértice de los Mitos de Cthulhu, es decir, un elemento que le da coherencia a las historias dispersas de dioses antiguos que se disputan la soberanía del universo.

No obstante, no todas las páginas escritas por el árabe loco, Abdul Alhazred, se comprometen con esa crónica de los Antiguos. Hay otras, mucho más personales, que simplemente conducen a la locura del lector imprudente.

Uno de estos capítulos es el Naturom Demonto que aparece en la franquicia de Evil Dead.

Así como el ocultismo y el esoterismo son artes cooperativas, los Mitos de Cthulhu también fueron ampliados por los escritores pertenecientes al Círculo de Lovecraft: autores como August Derleth y Clark Ashton Smith aportaron lo suyo; éste último con el Libro de Eibon; así como Robert Bloch y su De Vermis Mysteriis (Los misterios del gusano), y Robert E. Howard a través del Unaussprechlichen Kulten.

El aporte de Evil Dead a la bibliografía del Necronomicón es el Naturom Demonto, tal vez menos conocido que sus predecesores pero igualmente inquietante.

Las raíces del Necronomicón se esparcen sobre el Naturom Demonto y aún más allá, dándole forma a los horrores irreconocibles del cosmos. Recordemos que incluso la criatura creada por el artista suizo H.R. Giger, llamada Alien, pero cuyo nombre real es Xenomorfo, está directamente vinculada al Necronomicón.

El clásico de Sam Raimi, The Evil Dead, es uno de los herederos menos populares del Necronomicón. Pero las diferencias entre el Naturom Demonto y el libro apócrifo de Lovecraft nada tienen que ver con su contenido, sino con el perfil de quienes acceden a él.

En las historias de H.P. Lovecraft, todos los que tienen acceso al Necronomicón son hombres cultos, muchas veces versados en las artes oscuras. En Evil Dead, en cambio, los imprudentes que abordan el Naturom Demonto son cinco adolescentes que encuentran una copia y una transcripción en una cabaña miserable emplazada en los bosques de Tennessee.

Sin embargo, aquellos cinco adolescentes no son quienes descifran los misterios del Naturom Demonto. Es la grabación realizada por el propietario de la cabaña, un arqueólogo desaparecido, la que despierta a los espíritus aletargados que habitan en el bosque, continuando de este modo la tradición lovecraftiana de científicos asociados al Necronomicón.

De acuerdo a Evil Dead, el Necronomicón es un libro encuadernado en piel humana y escrito con sangre. Por su parte, H.P. Lovecraft jamás dio datos específicos sobre la apariencia del Necronomicón, ni siquiera cuando sus personajes lo rastrean en la apócrifa Universidad de Miskatonic.

Hasta la llegada de Evil Dead, el Necronomicón fue un libro perseguido al que sólo los hombres eruditos en las ciencias arcanas podían acceder. Luego de la aparición del Naturom Demonto, el Necronomicón Ex-Mortis, hasta un grupo de adolescentes inconscientes, intelectualmente precarios, pueden convertirse en sus víctimas.

Al parecer, nadie está a salvo de sus páginas.




Libros prohibidos. I Libros extraños.


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El secreto de ver formas en las nubes


El secreto de ver formas en las nubes.




El científico y la poetisa estaban echados en el pasto, en silencio, buscando formas en las nubes.

—¿Qué ves? —preguntó la poetisa.

El científico se humedeció los labios. Nunca dejaba pasar la oportunidad de desparramar sus conocimientos.

—La pregunta no sería qué veo, sino qué es lo que mi cerebro me hace ver.

—Ah —dijo la poetisa.

El científico se apoyó sobre un codo y la observó, olvidándose de las nubes.

—¿Sabés por qué vemos formas en las nubes?

—No.

—Pareidolia.

—¿Parei... qué?

—Dolia. Es un fenómeno cognitivo, básicamente. El cerebro procesa un estímulo visual aleatorio y le da una forma reconocible; por ejemplo, percibiendo equivocadamente una cara o una silueta en las nubes. Algo parecido al test de Rorschach. ¿Lo conocés?

—Sí, claro.

—Y por esa razón no todos vemos lo mismo en las nubes —dijo él, una vez agotados sus argumentos.

—Al final no me respondiste —dijo la poetisa—. ¿Qué ves en las nubes?

El científico volvió la mirada hacia el cielo.

—En esa nube veo la forma de un rostro de perfil. Ahí está la nariz, ahí está la boca, el mentón. ¿Vos qué ves?

La poetísa señaló a una nube ligeramente retrasada del resto, y luego dijo:

—Una nube que nos observa; intenta imaginar qué forma tenemos.




Egosofía: filosofía del Yo. I Diarios de antiayuda.


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