El cuento de hadas y el plan para «civilizar» a las mujeres


El cuento de hadas y el plan para «civilizar» a las mujeres.




Como todos saben, los niños son verdaderos salvajes: criaturas capaces de desearlo todo pero también de jugar y divertirse con casi nada.

Así definió a la niñez ese adorable misántropo que fue Ambrose Bierce, en El diccionario del diablo (The Devil’s Dictionaire).


Período de la vida humana intermedio entre la idiotez de la primera infancia y la locura de la juventud, a dos pasos del pecado de la adultez, y a tres del remordimiento de la ancianidad.


Que los niños son salvajes no está en discusión, siempre que entendamos por salvaje a un espíritu libre, sin ataduras filosóficas o religiosas, y con una sed insaciable por desentrañar los misterios de la realidad. Lo que sí discutiremos es la razón por la cual los adultos, acaso por rencor, se empeñan en civilizarlos.

Y si bien es cierto que en nuestros tiempos existen innumerables métodos para lograr este objetivo, el amor de los niños por lo fantástico los ha hecho especialmente vulnerables.

Pixar, Disney, y un largo catálogo de empresas dedicadas al cine infantil, son apenas el último eslabón de una cadena que se remonta a varios siglos atrás.

El cuento de hadas moderno, ése que además de proveer fantasías insoportables nos asfixia con un tipo merchandising que se vuelve obsoleto en pocas semanas, es simplemente un heredero, mejorado, por cierto, pero con las mismas intenciones maliciosas que las de sus predecedores.

En el siglo XVII, Charles PerraultCuentos de mamá ganso (Les Contes de ma mère l'Oye)— realizó las primeras adaptaciones tendenciosas de historias clásicas como Cenicienta, La bella durmiente y Caperucita Roja. Hasta entonces, el cuento de hadas no tenía intenciones moralizantes. Fue Perrault, quizá, el primero en utilizar el folklore para civilizar a los niños, y especialmente a las mujeres.

A él se le sumarían otros, muchísimos más, como Hans Christian Andersen, conspicuo adaptador de La Sirenita; o Andrew Lang, autor de El libro azul de los cuentos de hadas (The Blue Fairy Book), entre otros coloridos volúmenes.

Más adelante, los Hermanos Grimm publicaron una mítica antología titulada: Cuentos de la infancia y el hogar (Kinder und Hausmärchen), establecieron una norma, que con el tiempo se convertiría en una regla universal: los cuentos de hadas son historias de fantasía contadas por los adultos a los niños.

Si esta dinámica tuviese algo que ver con la transmisión de cierta sabiduría, de ciertos conocimientos, sería oportuno de nuestra parte reservarnos cualquier tipo de crítica. Pero lo que Perrault, Andersen y los hermanos Grimm hicieron fue transformar al cuento de hadas en la metáfora alucinada de una ética, de una moral, y eso mismo es lo que se intenta transmitir en cada historia.

Pero el salvaje, el niño, no es tan obtuso como para caer fácilmente en la trampa.

Las doncellas en apuros están muy bien, y el príncipe azul, en su función de rescatador serial, de desabrido besador de mujeres comatosas, tampoco está nada mal; pero el salvaje quiere saber más sobre el Villano.

El carácter civilizador de los cuentos de hadas durante el romanticismo coincide con un cambio social considerable: la escolarización, y responde a la necesidad burguesa de mantener separado el mundo infantil de la realidad de los adultos.

Durante la Edad Media, por ejemplo, época en la que se forjaron los cuentos de hadas, la socialización de los niños se producía en coexistencia con el adulto. Es por eso que la transmisión de estas historias no era descendente, es decir, de adultos hacia los niños.

En cualquier caso, los cuentos de hadas empezaron a ser historias para chicos cuando se los utilizó para establecer claramente cuáles eran los estereotipos sociales, los aceptados y los castigados, y el correspondiente rol de cada género en la dinámica social.

En La bruja debe morir (The Witch Must Die), de Sheldon Cashdan, donde se brinda un sustancioso análisis de la psicología del cuento de hadas, se despeja la maleza moralizante de este tipo de historias, sin duda añadida para generar ese efecto civilizador del que hablábamos antes, y se expone la cruda realidad:

La mujer en el cuento de hadas es SIEMPRE UN SER INFERIOR.

Repasemos por ejemplo la historia de Cenicienta y el mito del zapato de cristal, el cual nos permitirá brindar la ilusión de evidencias irrefutables que, desde luego, vienen a probar una hipótesis preexistente:

Cenicienta responde al modelo de chica pobre se enamora del hombre rico; es decir, de aquella mujer que solo puede realizarse a través del matrimonio. Este arquetipo de hembra insatisfecha, casi incompleta sin un varón que la sostenga, ha servido de modelo estructural para el Complejo de Cenicienta: el miedo de las mujeres a la independencia.

Cenicienta tiene dos hermanastras, ambas menos agradables físicamente que ella, a tal punto que suele llamarlas cariñosamente: las hermanas feas (The Ugly Sisters). Ninguno de los exegetas del original se ha tomado el trabajo de aclarar si el rencor de las hermanastras es anterior o posterior a la los desaires de Cenicienta.

También hay un Hada Madrina, al parecer, muy diligente con cualquier chica que desee pescar un marido rico. El príncipe azul, por su parte, se enamora de Cenicienta, o mejor dicho, se enamora de un pie que viene a justificar el resto de Cenicienta.

¿Cuál es el mensaje civilizador?

Sea usted obediente, hacendosa, esclava del hogar, que algún día un hombre rico y acaso fetichista será capaz de mantenerla.

En la misma línea se inscriben las historias de de Caperucita roja y Blancanieves.

Esta última cuenta la historia de una vieja resentida, que fue hermosa en su juventud, quien naturalmente desea matar a su hijastra.

Afortunadamente, Blancanieves es salvada del infortunio por un príncipe azul. Ella, a su vez, le agradece la cortesía con amor incondicional, sin preguntarse en ningún momento qué clase de sujeto es capaz de enamorarse de una muerta en un ataúd de cristal.

El folklorista ruso Vladimir Propp sostuvo que el cuento de hadas es una racionalización del mito masculino. Es decir que cada personaje, aún los femeninos, desempeñan una función específica en términos de reafirmación de las reglas de la sociedad patriarcal.

En este sentido, todo cuento de hadas es un cuento moral, es decir, una historia que enseña a actuar y a comportarse moralmente, pero siempre de acuerdo a una moral que relega a la mujer a un plano inferior en relación con el hombre:

1- La mujer solo puede realizarse a través del matrimonio.

2- Debe obedecer, salvo cuando su desobediencia la lleve a descubrir a su príncipe azul.

3- Debe aceptar al príncipe azul aún cuando no sepa nada sobre él, salvo que es príncipe, azul y está dispuesto a mantenerla; importa poco si éste es capaz de realizar un censo para encontrar un pie que lo ha excitado o si se muestra cautivado por una mujer en estado de catalepsia.

En consecuencia, el cuento de hadas propone un modelo de comportamiento, tanto para los hombres como para las mujeres, situándolos con rigurosa precisión en la dinámica social; es decir, repitiendo los comportamientos que se esperará de ellos en la edad adulta.

La difusión de estas historias, sin las aclaraciones correspondientes, implica la imposición de todos los estereotipos patriarcalistas concebibles.

Además de inferiores, las mujeres en el cuento de hadas son tratadas de dos formas: o son imbéciles o son malvadas.

Estos extremos se enmascaran entre las buenas (hadas, princesas) y las malas (madrastras, brujas). Nadie podría decir que Caperucita Roja es especialmente perspicaz; tampoco la abuela. Pero cuando hablamos de los varones, como Pulgarcito, cuyas historias representan el rito de iniciación, terminan siempre con el rotundo éxito de un héroe capaz de ciertas astucias.

Del mismo modo en el que el cuento de hadas establece el modelo de comportamiento aceptado para las mujeres, lo femenino siempre sobrevuela como un halo siniestro: la bruja, el hada, el bosque.

No solo las mujeres son civilizadas a través del cuento de hadas. Bruno Bettelheim, por su parte, consideró que estas historias indican al niño varón, muchas veces de manera simbólica, cuál es la batalla principal que debe librar para convertirse en hombre.

¿Por qué a las niñas les encantan las princesas de Disney, y por qué a los varones los héroes que luchan para rescatarlas?

Porque la estereotipación de los personajes les permite, por un lado, identificarse fácilmente con uno u otro, lo cual equivale a autoafirmarse de acuerdo a su género; pero siempre dentro de un modelo estructural que responde a los requerimientos del orden patriarcal.

En El empleo del encantamiento: significado e importancia de los cuentos de hadas (The Uses of Enchantment: The Meaning and Importance of Fairy Tales), Bruno Bettelheim deduce que todos los príncipes azules de todos los cuentos de hadas ya sienten un amor incondicional por las que luego serán sus futuras esposas, pero poco y nada sabemos sobre los verdaderos sentimientos de ellas.

El príncipe azul se enamora de la belleza de la mujer e inmediatamente se pone en acción para rescatarla. Esto enseña que el hombre debe demostrar que es digno de la mujer que ama. Como enseñanza no está tan mal; salvo por el hecho de que a la mujer se le enseña que debe aceptar pasivamente ese rescate.

Por otro lado, no es mucho más lo que la mujer puede hacer dentro de este modelo social. Su único valor positivo es la belleza, y sobre ella se construye todo su esquema de pasividad frente a la acción del héroe.

Ninguna protagonista femenina de un cuento de nadas, NINGUNA, ejerce valores que le permitan evadir su destino a través del esfuerzo personal. Por lo tanto, no hay posibilidad de rebelarse, y mucho menos de lograr algún tipo de superación personal.

Ella debe esperar, debe cultivar la paciencia, la fe, la esperanza.

Por otra parte, la autorrealización del príncipe azul sí requiere de esfuerzo, de trabajo, de difíciles obstáculos que deben ser superados. Sólo así consigue ser un hombre, y solo siendo hombre está en condiciones de rescatar a la mujer.

Es por eso que la mujer en los cuentos de hadas acepta a su salvador sin demasiados reparos. Si llegó hasta ahí es porque ha probado su dignidad. El amor, en cualquier caso, llegará con el tiempo, o no llegará nunca. Para el caso es lo mismo.

Que no se nos malinterprete: nos encantan los cuentos de hadas, lo cual no significa que estos no sirvan para reforzar los estereotipos de género que tanto daño pueden producir.

Lo más importante, en cualquier caso, es saber transmitirlos del modo correcto.

No está mal que a una niña le gusten las princesas de Disney, por poner un ejemplo, pero sí que quienes tengan la responsabilidad de criarla omitan que todas esas historias sugieren un único rol para la mujer; y cuyas características no varían demasiado: belleza, pasividad, resignación, y reducción de lo femenino a la maternidad y a la esfera de lo privado, es decir, al matrimonio.

Lograr este objetivo de transmisión responsable del capital cultural de la humanidad supone un salto de calidad en la vida de muchas mujeres, aunque también ciertos desarreglos financieros en el campo del psicoanálisis.

No estamos en condiciones de asegurarlo, pero arriesgamos una estadística audaz: muchas mujeres pasan buena parte de sus vidas esperando al príncipe azul, y la otra mitad tratando de desactivar esa mentira.




Más sobre Cuentos de hadas. I Feminología: la mujer y el mito.


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El artículo: El cuento de hadas y el plan para «civilizar» a las mujeres fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

7 comentarios:

Toni VRPE dijo...

Pero ¡qué triste punto de vista! Normalmente coincido con lo que publican en el blog, pero fijar como malo tratar de inculcar moral a los niños es algo absurdo. Las historias tienen la responsabilidad de ser más que historias, deben transmitir un mensaje y una enseñanza para formar hombres de bien, capaces de probar ser dignos de una doncella y estar preparados para defenderla de lo malo. La mujer en ningún momento queda relegada, al contrario: es siempre la protagonista. ¡No enseña que las mujeres deben ser explotadas! Siempre son los malos quienes hacen trabajar de más a las pobres muchachas. El héroe castiga al malo y a ella la lleva a un castillo para reinar. ¿Qué reina hace trabajos del hogar? ¿Acaso el héroe se la lleva para que trabaje en el castillo? Se la lleva para amarla. Para formar una familia. Siempre con el consentimiento de la muchacha, pues más tarde en los libros de caballería vemos como muchas veces las chicas desairan a los héroes y ellos, lejos de obligarlas, se resignan a sufrir el desamor. Y si acaso enseñara los roles en la casa, ¿qué tiene de malo que una mujer ayude a su marido? Ése es el problema con el feminismo moderno.
Como dijo Chesterton: El feminismo enseña extrañamente que la mujer es libre cuando sirve a su jefe, pero que es esclava cuando ayuda a su marido.

Saludos y bendiciones.

Sebastián Beringheli dijo...

No he dicho que sea malo enseñar o inculcar un punto de vista moral, siempre que esté fundado sobre las bases de la igualdad. La mujer no necesita ser "rescatada". En todo caso, puede ser liberada de ciertas ataduras sociales; pero pensar que el matrimonio, tal y cual era concebido en la época en la que fueron forjados estos cuentos, tenía algo de igualitario, resulta bastante candoroso. Saludos.

vera icon dijo...

Toni, Y si acaso enseñara los roles en la casa, ¿qué tiene de malo que una mujer ayude a su marido? Ése es el problema con el feminismo moderno.
Como dijo Chesterton: El feminismo enseña extrañamente que la mujer es libre cuando sirve a su jefe, pero que es esclava cuando ayuda a su marido.

QUE ROLES EN LA CASA?????? ayudar a su marido????? de qué siglo hablamos????
la mujer que sirve a su jefe recibe una remuneración... que pavada de comparación!

Sebastián Beringheli dijo...

It was in this moment that Toni knew...

Toni VRPE dijo...

Toda familia tiene roles en la casa; eso es lo que hace que sea una familia y no un conjunto de desconocidos que comparten un lugar para dormir. Osea ¿es malo que una mujer ayude a su marido? ¿eso la hace esclava? Vale, si eso es lo que piensas ya entiendo por qué dices que es una pavada. No sólo se ayuda lavando los platos, por si acaso; hoy en día muchas mujeres trabajan para que con la remuneración de su esfuerzo y lo de su marido puedan sacar adelante a su familia. Sí, eso también es ayuda.
En ningún momento he dicho que una mujer no deba trabajar o sólo hacerlo en quehaceres del hogar. Pero dentro de una familia todos deben aportar. Si una mujer prefiere criar gatos y morir soltera porque tener marido automáticamente la convierte en "esclava", allá ella. Cada quien decide.

Sebastián Beringheli dijo...

Es interesante que, según usted, la alternativa al matrimonio para la mujer sería morir solterona criando gatos. Sumamente interesante, y revelador, sobre su forma de pensar. Saludos.

Toni VRPE dijo...

Ah, pero ignoras la parte en que digo: "Porque tener marido automáticamente la convierte en esclava". Y en ningún momento he dicho que sea la única alternativa, eh; Da Vinci, Newton, Santa Teresa de Ávila, Santa Teresa de Calcuta e infinidad de otros religiosos, Beethoven, Andersen, Tesla... todos fueron solteros por dedicarse a tareas que podrían considerarse de "mayor rango" que criar una familia. Pero entre esas tareas se incluye ayudar, directa o indirectamente.
También es interesante y revelador saber que actualmente hay quienes creen que ayudar, sobre todo a la familia, es algo de siglos pasados.



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